Don Rege y el Gallo
Un viejo cuento que desempolvé, no recordaba haberlo escrito jaja:
Don Rege dormía apaciguadamente en su cuidada cama, con sábanas especialmente diseñadas para su confort. Se levantaba todos los días, como si tuviera un despertador interno a las 6:47 am: ya había calculado que era exactamente una hora y trece minutos lo que le llevaba llegar al trabajo a las 8:00 am, incluyendo las condiciones de tráfico, y los posibles retrasos que el clima pudiera causar.
Pero ese día, Don Rege se despertó a las 6:48 de la mañana y llegó un minuto tarde al trabajo. La empresa en la que trabajaba perdió .0000001 % de las ganancias al año por ese minuto perdido. Decepcionado y abatido, comenzó a buscar un método para que nunca le vuelva a suceder el mismo error. Pensó en despertadores electrónicos, pero no confiaba mucho en la tecnología, pues siempre había un pequeño margen de error, ya sea que el reloj se retrasara, o que algún día las baterías dejaran de funcionar. Entonces se le ocurrió que lo más efectivo era comprar un gallo y amaestrarlo para que exactamente a las 6:47 am cantara.
Después de comprarlo, desempolvó su viejo revólver y disparaba al aire todos los días exactamente a las 6:47 de la mañana, para que el gallo se asuste y cante. Su plan era repetirlo todos los días hasta que lograra su condicionamiento, y cantara sin la necesidad del ruido del arma.
Pero empezó la reyerta con los vecinos, pues no los dejaba dormir. Entre los balazos y el gallo, el ruido se volvió realmente irritante. Cabe añadir que cuando el gallo no cantaba pues estaba demasiado dormido aún, Don Rege le decía “¡canta, gallo inepto!”, y no precisamente con voz de secreto.
El vecindario se fue a quejar con la ley y le dieron una orden de confinamiento a Don Rege, a no ser que sacara al gallo de su propiedad. Pero con tal de llegar temprano al trabajo se mudó a otra colonia, con todo y su amada mascota aviar.
Su nuevo hogar quedaba más lejos, por lo que tuvo que amaestrar al gallo para que cantara a las 6:13 am, debido que ahora le llevaba una hora y cuarenta y siete minutos llegar al trabajo a las ocho de la mañana exactamente. La disputa con los vecinos no tardó en desarrollarse nuevamente, y Don Rege se tuvo que volver a mudar.
Así lo hizo varias veces. A veces le tocaba en un lugar lejano, y otras veces no tanto. Hasta que un día encontró uno en el que se tenía que levantar nada más quince minutos antes para llegar exactamente a la hora adecuada. Sin embargo, de tantas veces que ya se habían movido de casa, el gallo ya estaba tan condicionado que cantaba a las 5:51, 6:13, 6:17, 6:33, 6:54, y a las 7:12 de la mañana. Así que aunque ahora sólo tuviera que cantar a las 7:45 am, que es una hora relativamente decente para que todos los vecinos ya estén despiertos, de nuevo le llegó la orden de confinamiento a Don Rege.
Finalmente, encontró una casa en una zona aún no habitada de la ciudad, en donde sólo él estuviera alrededor y pudiera hacer el ruido que quisiera. Su nueva casa estaba tan lejos del trabajo, que el nuevo condicionamiento del gallo tuvo que ser a las 3:56 de la madrugada, para poder llegar a las ocho en punto, tomando en cuenta las condiciones de tráfico y los posibles retrasos que el clima pudiera causar.
Don Rege ya no era un jovencito que pudiera aguantar largas jornadas de trabajo. Así que un mal día que llegó a las ocho de la mañana exactamente, el cansancio lo venció, y cerró los ojos a las 8:45 am en punto, para abrirlos espantado a las 9:17, poco más de media hora después. La compañía perdió .0054% de las ganancias de todo un año, así que a las 9:51 de la mañana ya había firmado su liquidación, y su puesto ya había sido reemplazado por un joven emprendedor.
Cuando llegó a su casa, el viejo Don Rege cargó su revólver. Salió a la terraza donde el gallo descansaba apaciguadamente, y a las 2:02 pm, le dio tres tiros a quemarropa. Para las 2:14 de la tarde, ya había limpiado la sangre del gallo.